Tuesday, April 22, 2008

El límite de la ley (anti-tabaco)

La reciente entrada en vigor de la Ley Antitabaco ha enfadado mucho a algunos fumadores pero, en general, la puesta en marcha de cualquier normativa, por muy necesaria que ésta sea, siempre incomoda mucho a quienes piensan que el Estado tiene que limitarse a asistir y no a prohibir y que los ciudadanos siempre tienen derechos, pero nunca obligaciones.
Pues bien, uno de los argumentos más empleados por los fanáticos del humo es el que señala que más allá de que el fumar sea bueno o malo, lo que no se puede permitir -dicen- es que el Estado, a través del Gobierno de turno, dicte algunas normas que deban cumplirse en espacios privados como pueden ser oficinas, fábricas, lugares de ocio etc. Como decía en televisión una señora muy indignada: “Cada uno en su casa hace lo que le da la gana”.
Lamentablemente, no es así, señora. A todas estas personas hay que recordarles que, efectivamente, el Estado tiene potestad, y está muy bien que así sea, para que determinadas cuestiones, que atañen a los derechos fundamentales de las personas, deban ser cumplidas siempre, independientemente del espacio y del tiempo de su aplicación. Por ejemplo, y por mucho que se trate de espacios privados, nadie puede asesinar a otra persona en su casa, ningún ciudadano puede vejar a otro en su lugar de trabajo y nadie puede causar ningún daño a otro ser humano, por mucho que la acción punitiva transcurra, por ejemplo, en un club privado.
La garantía y la protección que ofrece un Estados democrático a los derechos humanos básicos de todos los ciudadanos es universal, a pesar de lo que digan quienes tanto disfrutan y tan seguros se sienten echando el humo de sus cigarros al rostro de los demás, prohibiendo la entrada de las mujeres a sus asociaciones de ocio o discriminando a las personas por su raza o por el color de su piel. El derecho a la salud, así como el derecho a no ser discriminado por razones de raza o sexo, son derechos elementales. También en los hogares, en los lugares de divertimento y en los ámbitos de trabajo de todos y de cada uno de nosotros. Por muy privados y particulares que éstos sean.

Batasuna es ETA

José Luis Rodríguez Zapatero, el único presidente de Gobierno que España puede tener en estos tiempos de pensamiento débil y en esta época de liquidación de los referentes, ha declarado que una cosa es la ilegalización de una organización por haber llevado a cabo actividades terroristas y que otra cosa muy diferente es la necesidad de garantizar el derecho de reunión de las personas que forman parte de esa asociación. Esta afirmación del Presidente, que no tenía otro objetivo que apoyar indirectamente la posibilidad de que la ilegalizada Batasuna celebrara públicamente su próximo Congreso Extraordinario en la Feria de Muestras de Bilbao, revela claramente cuál es la concepción presidencial de la legalidad vigente y, sobre todo, deja al descubierto la intensa confusión ideológica que existe en la izquierda europea a las puertas del Siglo XXI.
A estas alturas de la historia resulta intensamente agotador tener que repetir que Batasuna está ilegalizada por una sentencia que señala que la coalición forma parte de la organización terrorista ETA. Pero, además, cualquier persona que viva en el País Vasco sabe perfectamente que Batasuna, acompañada de otras estructuras afines (Jarrai, Haika, Gestoras Proamnistía, etc), se ha encargado durante décadas de la realización de innumerables acciones de terrorismo callejero (‘kale borroka’), se ha responsabilizado de liderar la persecución de los demócratas vascos no nacionalistas, ha estigmatizado a las víctimas y aclamado a los verdugos, ha luchado con todos sus recursos para impedir la consolidación del Estado democrático en Euskadi y, sobre todo, ha avalado todos y cada uno del casi millar de asesinatos que la banda terrorista ETA ha cometido a lo largo de los últimos treinta años.
Ciertamente, la ilegalización judicial de Batasuna, acompañada de la paralización de sus actividades impulsada por el Pacto Antiterrorista que en su día puso en marcha el expresidente José María Aznar y que ahora ha quebrado el actual presidente José Rodríguez Zapatero, es una de las razones fundamentales por la que los criminales llevan más de dos años sin cometer un atentado mortal. Y esto es lo que debe hacernos entender que contra la banda terrorista ETA en particular, y frente a cualquier organización terrorista en general, hay que emplear sin miedo y sin complejos todos los recursos policiales, jurídicos y legislativos de los que dispone un Estado democrático. Zapatero, como el Lehendakari nacionalista Juan José Ibarretxe o el President catalanista Pasqual Maragall, está convencido de que la verdad se encuentra en la mitad del camino entre las víctimas y los verdugos, y, bajo este principio atroz, no duda en dar voz, en repartir privilegios y en alentar la participación pública de quienes tanto sufrimiento y tanto dolor han infligido a la sociedad vasca y española. El talante político-ideológico fláccido, fútil e insustancial de estos caballeros, siempre más apropiado para beneficiarse de las oportunidades que ofrece un sistema democrático que para defender éste de los ataques a los que se le somete desde múltiples vértices del presente, apela al espíritu ‘buenista’, tan extendido en nuestros días, para defender el derecho a la libertad de expresión y de reunión de Batasuna y sus secuaces. Pero, podemos preguntarnos, ¿defendería también José Luis Rodríguez Zapatero que un hipotético Partido Nazi, promotor, vocero y cómplice de un sinfín de hipotéticos crímenes, celebrara un Congreso Extraordinario en un acto público?.
Pues bien, respondida la pregunta todos haríamos bien en no olvidar que Batasuna y ETA forman parte de un entramado terrorista, hoy también ilegalizado, conocido como KAS (Koordinadora Abertzale-Sozialista - Coordinadora Nacional-Socialista -, en su traducción al castellano). Casualmente, el partido nazi alemán que llevó a Adolf Hitler al poder también se llamaba Partido nacionalsocialista alemán.
Nota: Sobre el tema que se trata en este post tengo publicado un libro, “Terrorismo y Posmodernidad” (Editorial Tilde, 2005), y también tengo editado electrónicamente en la red una amplia colección de artículos publicados previamente en la prensa escrita.
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Viendo el final de ‘Expediente X’ (‘X Files’) (2º Parte)

La vida en la Infosfera (ese espacio virtualmente difuso en el que la realidad existe sobre la base de la construcción que de ella hacen los medios de comunicación) produce series como Expediente X. Son elaboraciones audiovisuales que reflejan claramente la desconfianza extrema -casi cínica- que la sociedad actual tiene en cuanto a sus métodos de participación pública (¿dónde queda la legalidad institucional y democrática en la serie?), que destilan un tecnomisticismo muy brillante para paliar la nada espiritual de los tiempos que corren y que, en definitiva, venden eslóganes intelectuales muy acordes con el pensamiento débil de la época que habitamos. Cójase un mundo construido sobre bites y baudios que cuantifican incesantemente la cantidad, la calidad y la rapidez de la información; añádase una comunidad permanentemente hipnotizada por los avances tecnológicos; viértase un buen porcentaje de crisis de valores referenciales; échese unas gotas de tecnoleyendas, de milenarismo, de sospechas permanentes, de complejidad existencial y de desconcierto ético; revuélvase todo ello, y se obtendrá, en forma de bella literatura audiovisual, un cóctel universalmente apreciado que se ha vendido a las televisiones de todo el mundo bajo el eslogan certero de “La verdad está ahí fuera”.
De hecho, resulta evidente que cuando todos estos elementos se combinan en su justa medida se producen resultados espectaculares como Expediente X. Cuando Chris Carter pierde el equilibrio y se encamina por rutas más ariscas y menos “actuales”, como ocurrió con su siguiente serie, “Millennium”, pero sobre todo con su última producción para la televisión, “Harsh Realm”, los índices de audiencia y el efecto público no son, ni de lejos, los mismos.
Nota: Tengo un ensayo escrito sobre este tema. “Mulder y Scully en la Infosfera”. Pueden leerlo, enlazando aquí

Viendo el final de ‘Expediente X’ (‘X Files’) (1º Parte)

Todavía no se han emitido en ninguna cadena televisiva española, pero he visto en formato dvd los capítulos de la novena y última temporada de “Expediente X” (“X Files”, en su título original.). Como siempre, me han parecido excepcionales por su hechura técnica, la excelencia de sus guiones y por la apariencia estética de la producción. Pero, además, he vuelto a recordar cómo esta serie es un mosaico fascinante y estremecedor alrededor de la mitología de nuestra sociedad contemporánea. Es en este punto donde Chris Carter, productor, coguionista y ‘alma mater’ de la serie, encuentra su mayor fuente de inspiración y donde conecta directamente con todos los miedos y temores que supuran las actuales colectividades postindustriales. El mismo David Duchovny (Fox Mulder), protagonista de la serie, lo expresa perfectamente en el documental “Introducción a Expediente X”: “Todas las verdades comienzan como herejía y acaban como superstición. Tememos a lo desconocido, así que lo reducimos a términos familiares, ya sea una leyenda, una enfermedad o una conspiración”.
Apoyándose en la fuerza de los modernos tecnomitos, asentándose en el hambre de trascendencia de los humanos del nuevo siglo y desarrollándose en la sospecha permanente de que nuestra sociedad de la información siempre calla más de lo que dice, la X de los archivos más secretos del planeta guarda algo más que un puñado de misterios cuyo intento de discernimiento ha sido una constante en la historia de la humanidad. La X de estos documentos representa la incógnita de una sociedad posmoderna carente de referentes ideológicos, profundamente dubitativa en su sobreinformación, desencantada de sus construcciones políticas, éticamente frágil e intelectualmente desconcertada ante un futuro en el que las doctrinas filosóficas predominantes desde la Ilustración, los paraguas religiosos más clásicos y las grandes balizas teóricas, han perdido toda su capacidad de guía y de orientación.
Expediente X es un desierto en el que no hay esperanza, en el que ningún personaje sabe muy bien si pertenece a los suyos, en el que cada revelación oculta un poco más la verdad y en el que lo único que parece funcionar siempre correctamente es la tecnología permanentemente asociada a los más sofisticados sistemas de comunicación. Tanto es esto así que la profusión de teléfonos móviles, de ordenadores portátiles, de conexiones a Internet y de documentación digitalizada de la que hace gala la serie solamente sirve para complicar más la historia, para convertir en algo más difícil la existencia de los investigadores del FBI y para hacer más vertiginosa la transmisión de presuntas verdades que luego siempre resultan ser espejismos que se deshacen entre las manos de los protagonistas. En esencia, el mundo que nos presenta la Fox es una muy correcta metáfora del nuestro y, quizás por ello, son tan pocos los análisis, críticos, semióticos o simplemente narrativos, que reconocen en la serie todo lo que de ciencia-ficción tiene.
Nota: Tengo un ensayo escrito sobre este tema. “Mulder y Scully en la Infosfera”.
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Más sobre el relativismo ideológico (el caso vasco)

La afición a la mezcla, al pastiche y al collage propia de la posmodernidad no se ha circunscrito exclusivamente a los ámbitos de la literatura, el cine o las artes plásticas, sino que se ha transmitido al mundo de lo simbólico dando como resultado una mezcolanza ideológica, un batiburrillo de instrucciones éticas y una mixtura de pensamientos políticos que, al final, se han fusionado en una de las creencias más absurdas y erróneas, pero también más repetida, del espíritu posmoderno: el precepto de que “todas las ideas son igualmente válidas”.
Este canon esencialmente perverso ha servido de detonante para que en la mayoría de los países europeos haya surgido una caterva de formaciones intransigentes y sectarias que, ligadas a ambos extremos del arco político, ven en esta apuesta por la indeterminación y en esta querencia posmoderna por la incertidumbre un caladero excepcional donde obtener apoyos, seguidores, militantes y votantes con la facilidad de los que nada tienen que demostrar, argüir o explicar, ya que sus juicios sobre la política, la educación, la cultura, la economía o los movimientos sociales siempre tienen la garantía de ser, al menos, tan válidos como los demás.
El certificado de dogmática igualdad que el pensamiento débil otorga a la totalidad de los juicios de valor abrió una puerta fatal a la infantilización intelectual de las sociedades, al quebranto del proyecto ilustrado nacido con la Revolución Francesa y a un “todo vale” global que, en el caso del País Vasco, ha alcanzado límites de ruindad y demérito difícilmente superables.
En Euskadi, bajo el manto protector de la maleabilidad posmoderna se ha pasado rápidamente de una defensa abstrusa de la equidad de todas las ideas a la propalación casi instantánea de otra aseveración igualmente inexacta, pero no menos exitosa que la anterior: “todas las opiniones son respetables”, aserción que en las tierras norteñas ha servido para tranquilizar a demasiadas conciencias, para confundir el deseable debate de ideas con una desvergonzada apología del horror y para calmar las inquietudes y las conciencias de quienes tantos altavoces han colocado al servicio de los voceros de los terroristas.
Pretender una paridad radical de todas las ideas y presumir la nobleza de todas las opiniones no solamente supone voltear la gradación de los valores intelectuales, espirituales, éticos y estéticos heredados de la modernidad sino que significa también proporcionar una carta de legitimidad absoluta a quienes, por ejemplo, producen, alimentan y propagan ideas de exterminio, de eliminación, de racismo, de discriminación o de aniquilación, y, además, implica que quienes defienden estas opiniones tienen tanto derecho a ser respetados como quienes desarrollan e impulsan criterios no atentatorios contra el resto de la humanidad.
El relativismo ideológico y cultural que ha segregado el espíritu posmoderno se ha convertido en Euskadi en un cáncer demoledor que permite otorgar a los comunicados de ETA, a las declaraciones públicas de los terroristas, a las argumentaciones de los cómplices de los asesinos y a las arengas de los violentos, la misma validez moral que la llamada a la concordia de un político democrático, que el discurso integrador de un intelectual o que la voz temerosa de un ciudadano amenazado. Cuando una sociedad interioriza que las palabras, las enseñanzas y los hechos de personalidades como Julio Caro Baroja, Agustín Ibarrola o Fernando Savater, por ejemplo, tienen la misma validez que lo que en un determinado momento pueda afirmar el último ideólogo de la banda terrorista ETA, el portavoz de las Juventudes de Herri Batasuna o, incluso, el harrijasotzaile (levantador de piedras) de turno, puede asegurarse que, indefectiblemente, esa sociedad está abocada a ser gobernada y subyugada por los más necios y los más fanáticos del lugar. Y lo que es peor: que será así regida bajo la mirada inmisericorde de los muchos que, al final, terminan considerando que ser víctima o verdugo, agredido o agresor, asesino o asesinado es, simple y llanamente, una cuestión de opiniones.
NOTA: En mi libro “Terrorismo y posmodernidad” (Editorial Tilde, 2005) trato este tema con mayor amplitud.

Vascos que apoyan a los verdugos

En las últimas manifestaciones de apoyo a los miembros de Batasuna a los que se juzga por integración en banda armada han estado presentes, además de miles de fieles seguidores del tándem ETA-Batasuna, cientos de afiliados del PNV o de EA, algunos de ellos relativamente conocidos, que no han querido perder su oportunidad de aparecer y de mostrar ante la sociedad vasca, y ante las instituciones españolas, su decisión inquebrantable de posicionarse cariñosamente al lado de quienes durante mucho tiempo han sido parte importante de ETA.
Esta constante, permanente, efectiva y orgullosa alianza entre el nacionalismo vasco institucional y la banda terrorista ETA es la que ha permitido que, cuando ya han transcurrido más de treinta años desde el nacimiento de la organización criminal, ésta aún siga teniendo capacidad para asesinar, fuerza para amordazar a miles de ciudadanos no nacionalistas y, sobre todo, un terrible poder para marcar la agenda política, social y cultural vasca, cuando no también la del resto del país, en base a lo que los demás intuyen, prevén, vislumbran o presumen que van a hacer quienes no tienen otro objetivo que seguir matando para poder seguir viviendo con relativa comodidad de las muchas ganancias que se generan en las aguas bien revueltas de la confrontación, el odio y el desasosiego institucional.
Cuando el mismo Gobierno vasco que jamás ha sido capaz de mostrar una ápice de cercanía con respecto a las víctimas del terrorismo manda “observadores” para vigilar el trato que se proporciona a los proetarras en los tribunales españoles, cuando quienes siempre han mirado hacia otro lado ante el hecho de que la mitad de la sociedad vasca no nacionalista no pueda ejercer en libertad sus derechos más elementales claman de indignación ante la clausura democrática de un medio de comunicación claramente delictivo o cuando quienes haciendo gala de la estulticia más cruel obvian que en Euskadi son miles los hombres y mujeres los que abandonan todos los días sus hogares sin saber si por la noche regresarán a ellos, resulta fácil entender cómo, por encima de cualquier otro elemento ideológico, político o cultural, hay un gran interrogante ético y moral que despejar en el País Vasco: se trata de identificar qué procesos son los que se han puesto en marcha desde hace tantos años para que, en Euskadi, la difuminación del otro, la ausencia de empatía con las víctimas, la carencia absoluta de piedad y la negación del dolor ajeno se hayan extendido entre una parte importante de la sociedad anestesiándola ante la falta generalizada de libertad y adormeciéndola frente al dolor y la muerte de los demás
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La razón en las cavernas

Hemos llegado, más bien hemos sucumbido, a un tiempo de absoluto desconcierto en el que, imbuidos por el espíritu del “todo vale” y vapuleados por una absoluta carencia de referentes, parece que todas las ideas son válidas, que todos los pensamientos pueden ser dichos y que todas las ideologías pueden ser defendidas. Hoy vale lo mismo el derecho que el revés y, de este modo, como “todas las opiniones” han de ser respetables, parece ser que el origen de la vida puede ser explicado de igual manera a través del evolucionismo que del creacionismo, que tiene la misma validez el sentimiento de quien cree en la divinidad de Jesucristo que el pensamiento de quien estudia históricamente la figura de Jesús y que tiene la misma posibilidad de tener razón quien defiende el adoctrinamiento religioso en las escuelas que quien aboga por una enseñanza laica en los colegios.
A pesar de que en esta época de alboroto ideológico, confusión intelectual y abotargamiento de las ideas parezca que todo tiene derecho a ser pronunciado y que cualquier cosa puede ser defendida, hay que decir muy alto y muy claro que ni todas las opiniones son respetables, ni todas las creencias son igual de válidas ni todas las afirmaciones pueden ser aprobadas. No son dignas las opiniones o las ideologías que llaman al racismo o a la destrucción, y tampoco lo son las que abogan por emplear el terror para imponer sus credenciales. Del mismo modo, y a pesar de lo que afirmen integristas religiosos, curanderos, chamanes y brujas, a la hora de analizar un tumor siempre será más válida la opinión de un médico que la de un hechicero, así como llegado el momento de estudiar el mundo siempre será mejor recurrir a la ciencia y la filosofía y no a la religión y la superstición. La ciencia es superior al rezo de un sacerdote o a la magia de un hechicero porque la primera demuestra empíricamente sus conclusiones, mientras que los clérigos, los predicadores o los integristas religiosos solamente aportan su convencimiento y su creencia personal en que las cosas ocurren como ellos creen y desean que ocurran.
Ciertamente, vivimos en un tecnoplaneta donde cada vez con más fuerza actúan las fuerzas de la sinrazón, del fanatismo, de la cerrazón y de la anomia intelectual, pero ello no debe llevarnos a la confusión y a mezclar la realidad con el ensueño y la historia con los mitos. En este sentido, en cualquier sociedad laica y desarrollada resulta inconcebible que existan zonas de exclusión en las que las únicas leyes que tienen validez son las que manan de la ‘sharia’ islámica, tal y como está ocurriendo en algunas zonas de Francia. Asimismo, es inaceptable que los creacionistas cristianos traten de imponer sus muy particulares creencias en la escuelas norteamericanas y, por ejemplo, se nos aparece como algo inconcebible que la Iglesia católica siga alimentándose de los presupuestos generales de muchos Estados de Europa, especialmente en España. ¿Qué está pasando en nuestras sociedad occidentales para que hoy mismo, en las puertas del siglo XXI, el canal de televisión más nuevo (y presuntamente más progresista) de los que funcionan en España diseñe una programación especial para entrevistar a Monseñor Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal española?.
Al final, y tal y como están las cosas, deberíamos recordar las palabras escritas por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en ‘El Anticristo’: “Si lo que se necesita en resumidas cuentas y ante todo es fe, de esta manera hay que desacreditar la razón, el conocimiento, la investigación: el camino a la verdad se convierte en el camino prohibido”.

En el País Vasco lo ilegal es legal

Batasuna es un partido ilegalizado, pero su presencia en las calles del País Vasco sigue siendo abrumadora. Batasuna es una formación política que no puede tener actividad pública porque, según sentencia del juez Garzón, forma parte del entramado de la banda terrorista ETA, pero su capacidad para estar presente en todos los escenarios donde se fragua la política vasca es incuestionable. Batasuna debería ser una organización desarticulada por su connivencia con actividades terroristas, pero, a día de hoy, esta formación mantiene plenamente vigente su estructura, incluyendo gran parte de sus herramientas para captar fondos económicos. Batasuna era una coalición política que el Pacto Antiterrorista firmado por el PP y el PSOE en tiempos de José María Aznar había conseguido arrinconar en el rincón oscuro donde deben postergarse los fascistas de cualquier condición, pero hoy es el día en el que los dirigentes de esta organización vuelven a convertirse en estrellas de los medios de comunicación.
Lógicamente, Batasuna ha conservado todos estos privilegios por el apoyo perverso que buena parte de la sociedad civil vasca le sigue prestando y por el empeño que los nacionalistas ¿moderados? tienen en que se mantenga viva y callejeramente vibrante esta formación que lleva casi 30 años fustigando, literalmente, a todos los ciudadanos vascos demócratas. A este esfuerzo por hacer aparentemente legal lo que realmente es ilegal se ha sumado con entusiasmo el Partido Socialista de José Luis Rodríguez Zapatero y de Patxi López, que han decidido competir electoralmente con el PNV convirtiéndose en una entidad gemela a la que dicen enfrentar. Que los nacionalistas que afirman que es malo matar ayuden a los ultranacionalistas que aún están debatiendo si es correcto o no asesinar a personas inocentes no es nada nuevo en Euskadi, pero sí es novedoso que el partido mayoritario del Estado español, el PSOE, después de contribuir como pocos a sumergir el territorio catalán en unos elevados límites de tensión socio-política, pelee por hacerse un hueco desde el que dialogar profusamente con los voceros de los terroristas.
En fin, son cosas atroces de esta nueva izquierda española que está más cerca del Santiago Carrillo que tantos abrazos dio a los líderes europeos del socialismo real que de correctos socialdemócratas como el alemán Helmut Smith o el sueco Olof Palme. De cualquier modo, ¿por qué la Fiscalía no actúa y hace cumplir las leyes prohibiendo cualquier tipo de actividad de una formación política que ha sido ilegalizada por su actividad terrorista?, ¿Por qué el Gobierno no pone en marcha todos los mecanismos del Estado para evitar que se siga incumpliendo la ley?. ¿Por qué el País Vasco ha de seguir siendo una región donde no llega el peso del Estado democrático y los ciudadanos vascos demócratas debemos seguir soportando la presencia, la presión y los ataques de quienes llevan tres décadas esquilmando con coches bombas y tiros en la nuca la implantación de las libertades democráticas en Euskadi?
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Jesucristo: El origen del mito

Tiene razón el teólogo español Rafael Aguirre cuando reclama que los cristianos vuelvan a efectuar una lectura en profundidad de los textos que se encuentran en el origen de su religión. Efectivamente, es necesario que el mundo cristiano en general, y la iglesia católica en particular, repasen los principios sobre los que se asientan sus creencias, pero, sobre todo, más importante sería que desde ámbitos laicos de la sociedad se indagara, se investigara y se profundizara, desde un punto de vista científico e histórico, en el que sin duda es uno de los aspectos más importantes sobre los que se asienta nuestra civilización: la figura de Jesucristo.
Desde un punto de vista secularizado, cualquier religión solamente es una elaboración cultural más de las muchas que comenzaron a nacer en el momento fundacional en el que los seres humanos abandonaron las cuevas de la prehistoria para hacerse primero agricultores y posteriormente ganaderos. Las creencias religiosas han conformado civilizaciones, han definido movimientos migratorios, han levantado imperios y han dado luz a múltiples Estados, pero, por encima de todo esto, las grandes religiones monoteístas, y especialmente la cristiana, han configurado la tradición política, social cultural e, incluso, económica de Occidente durante casi dos mil años. En este sentido, la figura de Jesucristo adquiere una dimensión máxima que no ha alcanzado ninguna otra en la historia de la humanidad y, por lo tanto, investigar, conocer, revisar y analizar el carácter histórico de quien es el Hijo de Dios para más de 2.100 millones de personas en todo el mundo adquiere una trascendencia fundamental a la que, fuera de muy determinados y concretos ámbitos universitarios, no se ha prestado demasiada atención.
No podemos olvidar que la presunta biografía de Jesucristo, desde su nacimiento en una cueva de la ciudad de Belén (¿Nazaret?) hasta su muerte en la cruz, se construye básicamente sobre el Nuevo Testamento que, en su versión canónica, está formado esencialmente por los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Actualmente, la mayor parte de los expertos en historia de las religiones, filosofía antigua y lingüística que investigan el cristianismo primitivo coinciden en señalar que los evangelios fueron escritos entre 70 y 120 años después de la presunta muerte de Jesucristo por varias personas (no necesariamente por “Mateo”, “Marcos”, “Lucas” y “Juan”) y que, desde luego, ninguno de los autores de los mismos había tenido ningún contacto directo con la figura de Jesús.

Los evangelios, escritos tras la destrucción de Jerusalén, se crearon con el objetivo básico de poner en práctica un pionero apostolado y conseguir fieles entre los judíos, los romanos y los gentiles de la época y, por ello, son textos literarios repletos de elementos mágicos, apariciones, sucesos asombrosos, milagros y acontecimientos inexplicables que eran muy del gusto de aquellos tiempos. Pero, ¿qué sabemos de los primeros cien años de cristianismo antes de que se diera a conocer el primero de los evangelios, el de Marcos?, ¿Qué conocemos, desde un punto de vista histórico, de lo que ocurrió en los años más próximos a la presunta existencia histórica de Jesús?

El primer siglo de cristianismo que se refleja, por ejemplo, en las Cartas de Pablo se resume en la aparición de un silencio ensordecedor alrededor de la figura histórica de Jesucristo. No hay detalles en estos escritos sobre su nacimiento, su estirpe, su vida, sus enseñanzas, su doctrina o su muerte. Para Pablo, decir Jesucristo era decir Dios, una entidad deífica y divina que habitaba en el Reino de los Cielos y que era el Ser Supremo, pero en las cartas paulinas apenas se hace mención a un Jesucristo de carne y hueso que protagonizara todos los sucesos, humanos y divinos, que se le adjudican en los evangelios. El profesor canadiense Earl Doherty lo ha expresado muy claramente: “Es necesario examinar el profundo silencio sobre el Jesús de Nazareth evangélico que encontramos a lo largo de casi cien años de la más primitiva correspondencia cristiana. Ni una sola vez Pablo, o cualquier otro escritor de epístolas del primer siglo, identifica su divino Cristo Jesús con el hombre histórico reciente conocido por los evangelios. Tampoco le atribuyen las enseñanzas éticas que adjudican después a dicho hombre. Virtualmente, todos los otros detalles del cuadro del Jesús de los evangelios desaparecen de forma similar. Si Jesús fue un ‘reformador social’ cuyas enseñanzas dieron comienzo al movimiento cristiano, según lo presentan los académicos liberales de hoy, ¿cómo pudo perderse dicho Jesús de todas las epístolas del Nuevo Testamento de forma tan absoluta, dejando lugar sólo a un Cristo cósmico?”
Otro elemento que cuestiona la existencia histórica de Jesucristo es la casi total ausencia de referencias al personaje que se produce entre los escritores y las fuentes no cristianas de la época. Salvo algunas brevísimas reseñas siempre indirectas halladas en la obra de algunos historiadores romanos (Flavio Josefo, Tácito, Suetonio), y que en su mayor parte se han revelado como fruto de interpolaciones y manipulaciones posteriores, el mutismo sobre Jesucristo es absoluto en la obra de los más reconocidos historiadores del momento como, entre otros, Séneca, Petronio, Plutarco o Epicteto.
Si queremos acercarnos de verdad a los orígenes del cristianismo, debemos profundizar sin miedo, y sin prejuicios, en revisar profundamente la figura histórica de Jesucristo. Actualmente, y a la luz del conocimiento científico, el cristianismo presenta todos los visos de ser una religión que, como tantas otras y como fruto muy concreto de una sociedad y de un momento histórico determinado, nació de una poderosa fuerza mítica que unió retazos del judaísmo anterior, de las tradiciones religiosas mesopotámicas, del mitraísmo (una religión nacida en lo que hoy es Irak muy popular en la Roma de aquellos tiempos), del gnosticismo, de los dioses paganos romanos e, incluso, de ritos espirituales que se habían instalado en el Imperio llegados desde Oriente. Por esto, al final, al analizar los orígenes del cristianismo tendríamos siempre que recordar las palabras que el historiador Robert W. Funk, fundador y copresidente del Seminario de Jesús, escribía hace algunos años: “Como historiador, no sé con certeza si Jesús realmente existió, si él es algo más que una quimera de algunas imaginaciones hiperactivas… Desde mi punto de vista, no hay nada acerca de Jesús de Nazaret que podamos conocer más allá de cualquier posible duda. (…) Y el Jesús que los eruditos han aislado en los antiguos evangelios, evangelios que están hinchados de la voluntad de creer, puede llegar a ser sólo otra imagen que únicamente refleja nuestros más profundos anhelos”.

Los males del relativismo

Desde finales del pasado siglo, y como fruto de la estrepitosa caída de los grandes referentes ideológicos que habían predominado en Occidente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se ha instaurado en Europa una nebuloso relativismo moral que, asentado en vacuos principios generales sin ninguna validez ética, se empeña en contemplar los acontecimientos con una indolencia, una apatía y una indiferencia rayana con la más absoluta irresponsabilidad.
Bajo el empuje de un puñado de ideas fuerza manidas, frívolas y baladíes, “todas las opiniones son iguales”, “las cosas se solucionan con el diálogo”, “hay que tender a la cooperación y no al enfrentamiento”, etc, la ideología políticamente correcta pasa por evitar los problemas ignorándolos, minimizándolos o, en el peor de los casos, ocultándolos. Paralelamente, se estigmatiza a quien se atreve a levantar la voz y reclamar medidas eficaces que sirvan para defender nuestra forma de vida, nuestras instituciones y a nuestros ciudadanos de los múltiples ataques que éstos sufren desde los más diversos ámbitos.
En este sentido, los artífices del pensamiento débil, del progresismo de salón y del compromiso difuso son, por ejemplo, aquellos que afirman que el problema del terrorismo se resuelve hablando (¿con quién, nos preguntamos algunos), los que abarrotan las tribunas de opinión denunciando que son los males de la sociedad occidental los que crean fanáticos islamistas (y no el sometimiento a una religión y unas costumbres totalmente dogmáticas y reaccionarias) o los que afirman con naturalidad satisfecha que las algaradas callejeras impulsadas por los jóvenes franceses inmigrantes de tercera generación son debidas a que el Estado galo no ha apoyado su inserción en la sociedad (y no a la negativa de éstos a participar en los procesos de escolarización, socialización y culturización puestos en marcha por el Estado francés).
Los relativistas de la política o de la cultura, esos hombres y mujeres que con ignorancia supina y atrevimiento máximo afirman sin sonrojo que la razón siempre se encuentra en el punto medio que separa a las víctimas de los verdugos, son también hijos de una sociedad opulenta poco acostumbrada a valorar los esfuerzos colectivos y, sobre todo, nada preparada para apreciar toda la inmensa tarea constructiva que se esconde detrás de los regímenes de libertades que disfrutamos. Pero, sobre todo, son el producto humano más prototípico de un tiempo aciago en el que la memoria histórica ha desaparecido para dejar paso a un presente perpetuo que obliga a ser disfrutado, a ser aprovechado, a ser vivido sin cortapisas ni impedimentos: el futuro siempre está garantizado para estos hombres y mujeres absolutamente carentes de recursos para afrontar cualquier sacrificio colectivo y acostumbradas a disfrutar de un absoluto relajamiento y de una profunda laxitud de las leyes, de las costumbres, de las exigencias éticas y de las demandas ciudadanas. ¿Serán capaces estas personas de defender las características fundamentales que definen a nuestras sociedades occidentales?
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Re-vista a la izquierda (2ª Parte)

Los ciudadanos europeos que nos reconocemos en una tradición política, social y cultural de izquierdas estamos cansados de que los partidos políticos que presuntamente nos representan siempre lleguen tarde donde nunca ocurre nada importante. O, lo que es peor: que se instalen en el lugar equivocado y se enmarañen en disquisiciones teóricas absurdas para que, de este modo, veamos con asombro cómo la defensa de la democracia frente a los totalitarismos, la protección del sistema de libertades ante las agresiones de los más diversos integrismos, la custodia de un orden internacional que ha de tender a expandir las bonanzas democráticas y la denuncia constante de las ideologías sectarias que defienden la utilización del terrorismo y la violencia como forma de actuación política están quedando desde hace varias décadas en manos de los liberales y de una derecha moderada que destaca más en su civilidad cuanto más recalca la izquierda la cortedad de sus miras y la mezquindad de sus intereses.
La izquierda que algunos añoramos es la izquierda progresista que defiende la justicia social, que trabaja por la redistribución de la riqueza, que trata de integrar a los más desfavorecidos y que lucha porque todos los seres humanos tengan protegidos sus derechos más básicos. Pero la izquierda que anhelamos también ha de defender las libertades individuales por encimas de las colectivas, ha de interiorizar que el bienestar de las personas y el progreso económico de los pueblos no siempre es sinónimo de una grave injusticia inmemorial y ha de ponerse a la altura ideológica de los ciudadanos del siglo XXI: de esos hombres y mujeres que están comprometidos con los derechos y las libertades de los demás, inquietos ante las agresiones que sufre el medio ambiente y preocupados por la expansión incesante de las corporaciones multinacionales, pero que también apoyan la globalización de la economía y de la cultura, que se sienten fascinados por las nuevas tecnologías, que son conscientes de la superioridad alcanzada por la civilización occidental y que saben lo importante que es vivir en democracia. Estos nuevos ciudadanos de izquierda, de verdad, nada tienen que ver con los socialistas franceses que rechazan el proyecto de Constitución Europea, con los socialistas españoles que se alían políticamente con los ultranacionalistas más radicales y sectarios, con los antiglobalizadores malcriados que se dedican a quemar restaurantes Mcdonalds o con todos esos intelectuales y actores, progresistas de pacotilla, que tan valientes son a la hora de criticar la política internacional de George Bush y que tan inútiles resultan a la hora de condenar un atentado terrorista de ETA, denunciar las brutalidades generadas por los integristas islámicos o para reconocer todas las prerrogativas que les ha proporcionado la sociedad que tanto dicen aborrecer.

Re-vista a la izquierda (1ª Parte)

Durante los últimos días han coincidido en los medios de comunicación diversas reflexiones sobre el presente y el futuro de esa izquierda ideológica que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en Europa principalmente, pero también en Estados Unidos, ha contribuido, más que cualquier otra doctrina política, a la modernización y el progreso de las sociedades dentro de un marco general de redistribución y justicia social.
Es un hecho que, en la actualidad, el pensamiento teórico de izquierdas y las prácticas políticas de corte progresista se encuentran sumidas en un momento de confusión, de retroceso de su base electoral, de pérdida de referentes y, muy especialmente, de indefinición estratégica. Entre las causas de esta desazón y de esta deslocalización ideológica hay que señalar la incapacidad de una parte importante del socialismo europeo para liberarse de antiguos modelos del pasado teñidos aún de férreas y vacuas esencias marxistas. Numerosos ciudadanos europeos que se dicen de izquierdas continúan todavía presos de un discurso de brocha gorda, antiliberal, antidemocrático, anticapitalista y, en esencia, antiprogreso, que observa como sospechosa toda aquella práctica que tenga como único fin el aumento del nivel de vida y del bienestar de los individuos.
Estas gentes que apuestan por sostener sus proyectos políticos aún a costa del empobrecimiento y de la depauperización de los ciudadanos son víctimas de un profundo equívoco ideológico político que voltea el significado de las grandes palabras hasta dejarlas vacías de contenido. De este modo, la izquierda actual entiende, por ejemplo, que el mantenimiento “sine die” por el Estado de estructuras económicas improductivas es sinónimo de redistribución de la riqueza; pretende convencernos de que un vocablo tan apreciado como el del diálogo ha de servir para que sea legítimo y aconsejable entablar conversaciones entre todos tipo de tendencias e ideologías (incluso las que defienden el terrorismo, la violencia o la marginación de extensas capas de la población) y, en fin, quiere hacernos creer que todos los males de este mundo son debidos a las decisiones de los George Bush, Tony Blair o José María Aznar de turno, y nunca a la existencia entre nosotros, cada vez de un modo más organizado, de numerosas fuerzas, de muy diversos orígenes, que entienden que el mal del mundo está en las democracias occidentales capitalistas, y no en los fanatismos religiosos, en los extremismos políticos, en la demagogia racista o xenófoba, en los integrismos intelectuales culturales o en la intransigencia ideológica. Esta izquierda, perfectamente representada en la Unión Europea por los socialistas franceses o por buena parte del PSOE español, tiene su correlato bizarro y más radical en Sudamérica y es la que se agazapa bajo los nombres de Hugo Chávez o Evo Morales

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¿Quién es ese señor? (2ª Parte)

Se mire por donde se mire, el cristianismo presenta todos los visos de ser una religión que, como tantas otras, nació de una poderosa fuerza mítica que une retazos del judaísmo, de las religiones mesopotámicas, del mitraísmo (una religión nacida en lo que hoy es Iraq muy popular en la Roma de aquellos tiempos), de los dioses paganos romanos e, incluso, de tradiciones espirituales que habían llegado al Imperio desde Oriente. De hecho, el Evangelio de Lucas, el más antiguo de los cuatro, apenas proporciona datos sobre el Jesucristo hombre y más bien se refiere a Jesús como sinónimo de Dios o de ese ser o de esa fuerza omnipresente que se encuentra en las creencias de prácticamente todas las culturas.
Resulta difícil saber qué paso hasta que en el año 330 el emperador Constantino promulgó un edicto por el que se prohibían los cultos paganos en Roma y se otorgaba a la nueva religión cristiana un amplio abanico de poderes y ventajas políticas, sociales, económicas y jurídicas, pero, con toda seguridad, el culto cristiano fue utilizado por el emperador para reforzar la unidad de imperio, para potenciar la solidez de éste y para aumentar su poder, en un momento histórico en el que Roma comenzaba a presentar no pocas debilidades para controlar su territorio.
Muy probablemente, Jesucristo, como figura histórica, no existió jamás, pero el cristianismo, como fuerza religiosa, ha demostrado tener una fuerza sin par y una capacidad fascinante para transmitirse, reforzándose, adaptándose y actualizándose a lo largo de los siglos. Quizás, la clave de su éxito se encuentra en que, en esencia, es un compendio perfecto, un resumen excepcionalmente bien tramado, de todos los grandes mitos que el ser humano ha creado desde que abandonó las cuevas para hacerse ganadero y agricultor.
Mi hijo sigue preguntándome quién es ese señor.
Y yo sigo sin saber qué responderle.
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¿Quién es ese señor? (1ª Parte)

Muy pocas de los cientos de millones de personas que alborozadamente celebran la Navidad en prácticamente todos los rincones del mundo saben que si a la figura de Jesucristo le aplicáramos las exigencias de verosimilitud que los especialistas han asignado a otras personalidades y acontecimientos de cuya existencia histórica no hay ninguna duda, la imagen de a quien los cristianos consideran como el Hijo de Dios quedaría excepcionalmente borrosa y difuminada.
Hay que tener en cuenta que toda la presunta biografía de Jesucristo, desde su nacimiento en una cueva de la ciudad de Belén hasta su muerte en la cruz, se construye sobre el Nuevo Testamento que, en su versión canónica, está construido principalmente por los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Ninguno de estos cuatro evangelistas tuvo contacto directo con la figura de Jesús y todos ellos hablan del “Cristo”, del Salvador, en base a referencias o a testimonios de otras personas. Si a la ausencia total de elementos históricos en unos Evangelios que, además, están repletos de elementos mágicos, apariciones, sucesos asombrosos, milagros y acontecimientos inexplicables que eran muy del gusto de la época, añadimos el hecho de que, hasta el momento, no se ha encontrado ningún templo cristiano anterior al siglo II d.C, podemos concluir que, en el mejor de los casos, la existencia histórica de Jesús es una cuestión intensamente dudosa.
Concretamente, son apenas cuatro breves referencias de historiadores romanos de la época las que hablan, siempre indirectamente, de algunos muy breves hechos que parecen tener que ver con un tal Cristo (el Salvador), que así era como se denominaba, o se autodenominaban, muchos de los numerosos mesías que por aquel entonces afirmaban ser los elegidos. Desde un punto de vista científico, estas citas apenas tienen ningún valor histórico por su indefinición, su imprecisión y su vaguedad.
Ayer, mientras paseaba con mi hijo de tres años de edad por una ciudad engalanada de luces y adornos navideños, pasamos ante la imagen de Jesucristo que con tanto éxito construyeron los artistas bien entrada la Edad Media. El niño me preguntó: “Papá, ¿quién es ese señor”.
Y yo no supe qué responderle.

Días de frío

Hoy está nevando y el frío siempre me recuerda a otras ciudades, a otras tierras, a otros mundos y a otras gentes. Cuando la luz del cielo toma el color del plomo la memoria me traslada a otros paseos gélidos vividos en París, en Londres, en Bruselas o en Nueva York, y la imaginación me dibuja pequeños bocetos de lo que un día supuso la caída de una nieve inesperada en urbes míticas como Luxor, Aleppo o Damasco, habitualmente sometidas a la tenaza férrea de las temperaturas y de los calores más extremos. Entre la nevisca recuerdo haber ido a visitar el magnífico MOMI (Museum of Moving Image) de la capital británica, en medio de una lluvia helada recorrí en barco las pocas millas que separan Ellis Island del bajo Manhattan y nunca olvidaré el fascinante color nublado con que el frío baña la piedra gris de las infinitas fuentes de Roma.
Hay algo indefinido que llega con el descenso de los termómetros que nos hace más humanos y que nos acerca un poco más a las pequeñas cosas de la vida. Si el verano es extraversión, desinhibición y explosión de los sentidos, el invierno apela al refugio íntimo, a la proximidad del hogar, a la protección de los seres queridos y, quizás por ello, esta estación sea tan pródiga en imágenes románticas, nostálgicas y melancólicas como las que tantas veces los mejores fotógrafos del mundo nos han mostrado en múltiples colecciones de Editions du Désastre.
Hoy está nevando y el frío me recuerda que en el calor de un café vienés, en la tibieza de una librería lisboeta, en la templaza de un bistrot de Saint Germain, en el arrullador alboroto de una cafetería madrileña o en el murmullo vital de un pub londinense, los seres humanos podemos encontrar no solamente el resguardo siempre agradecido de una buena chimenea sino también un espacio privilegiado para reflexionar, para leer, para escribir, para charlar o, simplemente, para contemplar el mundo pasar mientras una agua nieve cae tras los ventanales.
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Los ‘Buenistas’

Ahora que finaliza el año y llega el momento de hacer balance de todo aquello cuanto ha sucedido a lo largo de los últimos meses, puede resultar estimulante realizar un resumen crítico de lo que ha dado de sí el Gobierno Zapatero. Soy de los que piensan que lo peor de este Ejecutivo es la apuesta que, en general, todos sus miembros hacen por el “buenismo”, una ideología muy de moda en estos tiempos de pensamiento débil que, en esencia, viene a señalar que da lo mismo una cosa que otra ya que la esencia, la verdad y el acierto siempre se encuentran en el punto medio de dos extremos presuntamente opuestos.

Aplicando a rajatabla esta doctrina, y aliándose con el PNV, el Gobierno socialista de Zapatero ha conseguido que en el País Vasco todo el mundo crea que está en marcha un proceso de paz mientras los etarras y sus cómplices siguen amenazando, extorsionando y amedrentando a la mitad de la población vasca que es no nacionalista. Los ‘buenistas’ del Ejecutivo Zapatero, que también tienen su reflejo en los medios de comunicación afines, son también los que, por ejemplo, han impulsado la famosa Alianza de Civilizaciones, dando a entender que es posible convivir en un plano de igualdad y de respeto con el Islam de los tiempos presentes, caracterizado por su intransigencia normativa, su desprecio a las mujeres, su fanatismo belicoso, su odio a las democracias capitalistas, su aborrecimiento de la cultura contemporánea y, en definitiva, definido por su aversión a todo lo que constituye las mejores esencias de Occidente.

El ‘buenismo’ socialista se ha extendido rápidamente por todas las comunidades autónomas y, conjugándose con el interés de algunos por mantenerse en el poder y con la necesidad de otros por sentarse en las instituciones por primera vez, ha dado como resultado importantes desgarrones en el entramado legal del Estado español y ha producido disparates como el nuevo Estatuto catalán que, antes de ser aprobado, ya ha tenido como primeros efectos que algunos ciudadanos de esta región, por no ser suficientemente patriotas (catalanes), hayan sido insultados, amenazados y despreciados. Hay que tener en cuenta que para Zapatero y los suyos, el patriotismo fanático de ERC en Cataluña y el nacionalismo radical del PNV en Euskadi, no son males que conjurar por su esencia racista, fanática y reaccionaria sino que son ideologías políticas perfectamente respetables, más aún cuando los socialistas necesitan de estas formaciones para mantenerse en el poder.

En fin, que el ‘buenismo’ socialista ha llevado a este Gobierno a confundir a las víctimas con sus verdugos, a iniciar una revisionismo histórico absolutamente fuera de lugar con el que se vuelve a incitar el resurgimiento de las “dos Españas”, a aplicar inocentes teorías de diálogo donde lo único que hay que utilizar es la ley y a convertir el ordenamiento jurídico-institucional que conforma el Estado español en un guiñapo permanente e innecesariamente mancillado.
¿Hay algo bueno en el balance?, se preguntarán. En mi opinión, dos elementos: la ampliación normativa que el Gobierno ha hecho del concepto de matrimonio y la consiguiente autorización de las bodas entre personas del mismo sexo; y, por otro lado, la voluntad política que parece existir en este Gobierno por apoyar socioeconómicamente a las personas dependientes o con menores recursos monetarios.

Por otro lado, y en mi opinión, este Gobierno, como anteriores ejecutivos socialistas, ha seguido siendo muy blando y muy ‘buenista’ con la Iglesia Católica que, no hay que olvidarlo, es la organización privada que más subvenciones y ayudas recibe del Estado y que, tampoco hay que olvidarlo, durante los últimos meses ha calumniado e insultado a millones de personas de este país por ejercer una opción sexual no acorde con el armazón ético y moral que la Santa Madre ha pergeñado a lo largo de una veintena larga de siglos.

La libertad es para todos

Soy de los que piensan que lo mejor que se puede decir de la Iglesia católica es que, además de ser históricamente la primera gran institución global que ha conocido el mundo, es una organización sin igual para permanecer y sobrevivir a los más diversos, y en ocasiones adversos, acontecimientos históricos. Por lo demás, las grandes religiones institucionalizadas en general, y la doctrina espiritual que emana de Roma en particular, me resultan tan poco estimulantes como cualquier ideología que esté construida sobre creencias bárbaras, mitos burdamente manipulados, rotundas mentiras y patrañas perfectamente diseñadas para conservar el poder.
En mi opinión, tan cierto es que a la Iglesia Católica se le puede acusar de ser cómplice directa de algunos de los grandes holocaustos que ha conocido la Humanidad como que, en determinadas ocasiones, esta institución ha sido una hermosa y estratégica herramienta de paz y concordia entre los ciudadanos y los pueblos. Incluso, en algunos momentos estaría dispuesto a admitir que si la Iglesia católica no hubiera nacido como una eficacísima construcción de los emperadores romanos y de los sacerdotes judíos de los primeros siglos, quizás habría habido que inventarla. Pero, a pesar de esto, pienso que la Iglesia española de hoy en día, por ejemplo, además de haber fomentado en el País Vasco el desprecio a las víctimas del terrorismo y la compasión gratuita a los verdugos de éstas, es una entidad primitiva y reaccionaria a la que el Estado democrático no debería subvencionar y a la que habría que llevar a los tribunales por delitos de género (no ofrece a las mujeres las mismas oportunidades que a los hombres), de discriminación (impide ejercer el sacerdocio a algunas personas por su orientación sexual, por ejemplo) y por difamación (todavía es frecuente escuchar a altos cargos de la Iglesia despreciar públicamente a las personas homosexuales).
Dicho esto, también creo que a los miembros de la Iglesia Católica, a los periodistas que trabajan en las empresas de ésta y, en fin, a todas las personas que profesan este credo es necesario garantizarles, igual que a todos los demás ciudadanos, su derecho a la libertad de expresión. Pese a que los nuevos fascistas de diseño que se esconden bajo las siglas de ERC piensen que la libertad es algo que les pertenece en exclusiva, como también creen que así ocurre con su país, su lengua o su historia
Posted by libertad43 in 06:33:08 | Permalink | No Comments »

Le Sport: la revelación viene del norte

A pesar de que hace ya más de un par de años que se publicó, el primer disco de los suecos Le Sport se está descubriendo ahora como lo que realmente es: una auténtica joya. Alegre, optimista, musicalmente sólido, bien construido y perfectamente interpretado, “Euro Deluxe Dance Party”, que asi se llama la grabación, es un larga duración que, una vez que se escucha, obliga a repetir una y otra vez su audición.
Situados en el punto medio entre el italo-disco más clásico y las guitarras extrovertidas de los mejores New Order, Le Sport ofrece 16 canciones estupendas en sus ritmos marcados, en su composición melódica, en sus voces y, sobre todo, en su instrumentación, siempre impecable.
Como he señalado, a mí me recuerdan a los mejores New Order, pero también pueden hallarse influencias de Pet Shop Boys (hay, de hecho, un tema titulado “If Neil Tennant was my lover”), The Cure, Kraftwerk, de la discomusic de los años ochenta e, incluso, hay quien halla rastros de Abba. Sea como sea, lo de Le Sport es un puñado de canciones excelentes, entre las que destacamos algunas como “Tell no one about tonight” (en el vídeo), “I comes before u”, “Think of you” o “Lovetrain”.

 

Posted by libertad43 in 06:32:19 | Permalink | No Comments »